Otra utopía más

No nos damos cuenta de que el tiempo pasa hasta que nos enfrentamos a él.  El hospital es propicio para pensar, para ordenarse, aunque no se quiera. Sobre todo en los hospitales privatizados donde las comidas no tienen un horario fijo y las pruebas suelen hacerse a las 9 de la noche. Cuando ya no hay consultas ordinarias. Da igual si coincide con la cena. Da igual, por supuesto, que se quede fría.

Por la noche, en vez de silencio, el hospital  de Valdemoro se inunda de las voces de los enfermos. Aquellos pacientes que no han tenido la suerte de que sus familiares puedan quedarse con ellos, gritan para que los trabajadores del hospital acudan a su ayuda. Desesperada e insistentemente.

Algunos desorientados, solo preguntan que qué hacen allí. Que qué les pasa. Otros, deliran recordando aspectos de su pasado, que solo su familia sabrá, si son ciertos o no:

“Ella comenzó a andar y por primera vez me llamó: “lala”. Me empezó a llamar “lala” y ya me quedé así para siempre. Es una forma cariñosa de llamarme… “

El mismo recuerdo lo repiten y repiten.

Mientras, las limpiadoras limpian y limpian. Casi sin parar, contribuyendo a que se impregne, más todavía, esa mezcla de olor entre enfermedad y lejía, tan característico de los hospitales, que se acentúa –parece ser- en los privatizados.

Busco signos de protestas por la privatización. No encuentro nada. Apenas un par de pegatinas con las siglas del sindicato CNT, en la sala de espera de la zona de hospitalización, siempre vacía.

Una vez en casa. Tecleo: Hospital Infanta Elena, Valdemoro, Madrid, y me entero que fue el pionero que introdujo en la comunidad una “nueva fórmula de gestión en la sanidad pública madrileña”, ya que la construcción y la gestión del hospital público fueron por primera vez concedidas -en 2005- a una empresa privada, IDC Capio, ahora IDC Salud, una multinacional, propiedad del fondo de capital riesgo CVC Capital Partners, que ya se ha hecho con la gestión de 27 hospitales en más de toda España.

Me cuesta dormir. Hace mucho calor. En la calle los termómetros se acercan a los 40 grados de temperatura. Cuesta respirar.

Afuera del hospital, la vida continúa. Afuera del hospital más personas esperan que sus enfermos se recuperen. Desean, con ansias, poder abrazar de nuevo a sus enfermos.

“Cómo me alegro de verte, ¡prenda! Por favor acercádmela que quiero darla un beso muy fuerte. Cómo me alegro de verte, ¡prenda!”.

Todavía algunos, enfermos y no enfermos, tienen la esperanza de que no prime el dinero en cuestiones de salud. Que aún sean usuarios de un servicio, en vez de clientes. Apenas, una utopía más. Otra.

Aún resuenan aquellas palabras de José Azofra, el director médico de Valdemoro, que instaba en un email a “sus” médicos, sin apuro, a que había que tomarse muy en serio el mantra: “el dinero sigue al paciente”.

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1 de mayo

Miércoles. 2013. Día de los trabajadores. No sé por qué, pero la primera imagen que recuerdo de este día fue la del día 1 de mayo, pero del año 2008. Cinco años atrás. Se dice pronto. En este mes empezaba mi aventura de vivir sola en Guatemala. Hasta entonces vivía con la editora de la revista donde trabajaba. Recuerdo que quería aprovechar la fiesta para hacer la mudanza y por eso, no viajé con algunos de mis amigos. Y por eso también, fui a trabajar. No me importó, en absoluto. Creo recordar que pedimos pizza. Me gustan mucho los comienzos. Casi nunca han sido difíciles. A mí, lo que me cuestan son los finales.

El 1 de mayo de este año fue un día muy distinto. Estoy de nuevo en la casa familiar. Mi hermano se ha independizado y viene con su familia a pasar el día. (Mal) Comí arroz. Me entretuve tanto jugando con Yerai, mi sobrino de un año y medio, que se me enfrió el plato. Últimamente, no sé qué me pasa, pero donde mejor me siento es con niños. Y con los adolescentes. Quién me lo iba a decir a mí. Esa edad tan complicada en la que no quieres saber nada del mundo adulto, donde te rebelas contra todo y cualquier problema es una auténtica tragedia. Supongo que a veces nos unen más cosas de las que deseara. Pero creo que lo mejor es que no me siento juzgada por ellos. Por eso, me gustan. 

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“¡Vosotros, los seres humanos, habéis fracasado!”

Hace casi 20 años, el vicepresidente estadounidense, Al Gore, inauguraba en Washington un museo sobre el Holocausto judío. Y pronunciaba el típico discurso sobre la necesidad de que se construyan estos lugares para tener presente lo ocurrido y que “nunca jamás” se vuelva a repetir algo parecido en la historia.

Pero, mientras pronunciaba este discurso, en Ruanda estaban masacrando a parte de su población. Otro holocausto. Otro genocidio estaba ocurriendo en el mundo. Pero, nadie decía nada, ni mucho menos hacía. Casi un millón de muertos en apenas 100 días. Pero, ¿a quién importa? En la actualidad, nos hemos acostumbrado a que esto pase y a que los países de Occidente permanezcan ajenos a todo aquello sobre lo que no obtengan un interés económico, pero en esa época, tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, aún se tenía esperanzas de que una nueva etapa de paz nos esperara. Ahora, ya sabemos que estas esperanzas nunca se cumplirían.

Y por eso hoy, como cualquier otro día, sigue siendo muy actual –vergonzosamente actual- una de las frases de Paul Rusesabagina, cuando intentó resumir el mensaje principal de una de las películas más conmovedoras sobre el genocidio ruandés: “Vosotros, los seres humanos, habéis fracasado”.

Paul Rusesabagina es el personaje real en que se basa la película Hotel Ruanda. Él fue el “hutu salvador” para muchos tutsis y hutus moderados, porque en el hotel que regentaba –perteneciente a una empresa belga, en la capital de Ruanda, Kigali- protegió a más de 1.200 de la Interhamwe, la milicia radical hutu. Y los salvó gracias a su gran inteligencia y a su estrategia a la hora de negociar. Pese a esta gigantesca hazaña, él se declara como “un hombre corriente”, y así tituló su libro en el que cuenta esta dura experiencia, calificada por muchos como un auténtico infierno.

De hecho, el responsable de la ONU en Ruanda durante el genocidio, el canadiense, Romeo Dallaire, cuando regresó de este país, entró en una profunda depresión –con intentos de suicidio incluidos-. De lo que estaba más dolido fue del papel de los países occidentales. “Toda la comunidad internacional tiene sangre en sus manos”, señaló. Y es que nadie quiso involucrarse en el conflicto para proteger a la población civil. Como pasa y sigue pasando en los lugares donde no hay intereses económicos o geoestratégicos.

Tampoco ayudaron a calmar la situación los medios de comunicación locales. De especial relevancia fue la labor de la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, conocida como la radio del odio, desde la cual se incitaba a los asesinatos de las “cucarachas” tutsis. Una de sus redactoras, Valerie Bemeliki, cumple cadena perpetua. “Estoy acusada de ser cómplice del genocidio y de incitar a la población. Me he declarado culpable”, expresó desde la cárcel, donde ha pedido perdón y ha intentado justificarse: “Cuando el 6 de abril, abatieron el avión presidencial, todas las autoridades decían que los autores eran la gente del FPR, en colaboración con los ruandeses de la etnia tutsi. Nos decían que si el FPR controlaba el país, mataría a todos los hutus y que nos teníamos que defender porque si nos quedábamos de brazos cruzados nos iban a asesinar. Fue en este momento cuando empezamos a utilizar la radio para sensibilizar a la etnia hutu, para que matara a  los tutsis. Nos salía de lo más profundo del corazón. Si te convencen de que alguien viene a matarte y te dan pruebas, tú no lo negarás, dirás, de acuerdo, pues me lo tengo que cargar yo antes”.

Han pasado casi 20 años, pero apenas seguimos sin saber nada de Ruanda. Gracias a la película, logramos enterarnos del genocidio. Pero, ¿y ahora? Alguien sabía que las matanzas siguen. Se sabe que el presidente de Ruanda, Paul Kagame, ha sido acusado de participar en el genocidio de 1994 y de continuarlo en la actualidad, pero como es presidente y tiene inmunidad (o sea impunidad) no se le puede juzgar. Alguien sabía que, hace unos años, la fundación de Bill Clinton –el mismo presidente que miró hacia otro lado cuando ocurría el genocidio ruandés- premió a Kagame por sus esfuerzos por sacar adelante al país, especialmente en materia económica y de seguridad.

Rusesabagina, desde Bélgica, donde se instaló tras el genocidio, ha avisado: “En Ruanda ha habido justicia del vencedor”. (…) “Ruanda se ha convertido en una dictadura. El vencedor ha silenciado a todo el mundo. Así que ahora Ruanda es más o menos un volcán dormido, que puede entrar en erupción en cualquier momento. Si la comunidad internacional no toma cartas en el asunto, definitivamente hay muchas posibilidades de que tenga lugar otro genocidio. Nos dirigimos hacia otro desastre”.

Aun sabiendo que la historia se repetirá. Porque el ser humano seguirá fracasando. Aun teniendo esta certeza, conviene -de vez en cuando- repasar algo de historia y tener presente lo que no debería seguir sucediendo.

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De regreso

Acabo de mandar a mis chavales del instituto -donde hago las prácticas- un email en el que les incito a que escriban en sus blogs. Y les doy ideas: Hoy es el día de la Poesía, el Día contra el Racismo… “En fin, hay un montón de cosas sobre las que escribir, ¿eh?”, concluyo. Hace poco alguien me hacía reflexionar sobre las contradicciones de la vida, así que me doy cuenta de que, aunque hay multitud de temas sobre los que escribir, yo tengo abandonado mi blog desde hace mucho tiempo. Demasiado. Me faltan las ganas. Me faltan las ganas de seguir mirando con asombro las cosas que me rodean. Siempre he pensado que no hace falta vivir o estar en otro país para conseguir esta mirada fresca, pero me cuesta mucho tenerla aquí, en Madrid. Sin embargo, esta creencia que tengo, pero que no practico, la corrobora un pequeño librito, que recoge los post “más irreverentes” del blog de Lucía Etxebarria. Otro alguien lo debió de dejar, posiblemente aposta, en el maletín que nos regalaron en un Congreso. Este libro ha sido el culpable de que haya vuelto a perder horas y horas de mi tiempo, en cosas que no tienen que ver con lo que precisamente debo leer y reflexionar; pero, ha conseguido que regrese aquí y que tenga ganas de nuevo de recuperar esa mirada.

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2012

Utilizando la forma de Me acuerdo 2012, repaso algunos de mis recuerdos de este año para que no se me olviden.

Me acuerdo de la primera vez que cogí en brazos a mi sobrino Yerai. Aunque nació en el 2011, este año fue cuando por primera vez le vi sonreír y jugué con él.

Me acuerdo de mi primer contacto con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, allá por enero, y de mi idea de hacer un vídeo sobre el problema de los desahucios para una de las asignaturas de mi máster. Me acuerdo de querer hacer más por ellos, pero no saber qué… y acabar asistiendo y grabando lo que pasaba en algunos de los desalojos anunciados.

Me acuerdo de la cara de una mujer de una Comisión Judicial que se negó a aplazar un desahucio, cuando ya estaban convencidos hasta los del banco. Me acuerdo de la impotencia. De los lloros. De los gritos. De los empujones de la policía. Me acuerdo de esa familia, que esa noche tendría que dormir en una habitación del piso compartido de su hija, la única con trabajo.

Me acuerdo de las muchas manifestaciones que ha habido. Se repitió el 15M y fue igual de especial que el año pasado.

Me acuerdo de cómo me enteré del rescate a la banca española. Fue en Barcelona. Lo gritaron en la plaza Catalunya. Al día siguiente no salimos a hacer turismo para escuchar las mentiras de Rajoy en su rueda de prensa antes de que saliera pitando para ver el primer partido de la Eurocopa.

Me acuerdo del miedo al ver a la policía cómo cargaba contra la gente en la convocatoria de Rodea el Congreso y contra los manifestantes durante la huelga general. Me acuerdo de la indignación acumulada de los médicos, de los profesores, de los funcionarios, de los pensionistas, de los jueces, de los inmigrantes…

Me acuerdo de despertarme con la música de Badator Marijaia, de Kepa Junkera, en plenas fiesta de Bilbao: Aste Nagusi, bakarra munduan, bakarra munduan, Marijaia.

Me acuerdo de una boda muy especial que provocó unos reencuentros muy esperados. Me acuerdo de otros encuentros muy anhelados. Me acuerdo de la sensación de conexión.

Me acuerdo de las muchas y largas conversaciones sobre el 15M. Me acuerdo de querer ir a la presentación del documental del 15M y no poder entrar, porque el aforo estaba completo.

Me acuerdo de querer ir a ver a Eduardo Galeano y tampoco poder por el aforo. Me acuerdo de la cola que tuvimos que hacer para conseguir que me firmara su última publicación en la Feria del Libro de Madrid. Me acuerdo que a los pocos días volví a recibir el mismo regalo, con la misma dedicatoria de Eduardo Galeano. Me acuerdo que pensé, con alegría, que mis amigos me conocen muy bien.

Me acuerdo de la luna más grande de este año, de algunas estrellas inolvidables y de los atardeceres en el parque de las siete tetas.

Me acuerdo de las “misiones pedagógicas”,  en el Museo del Reina Sofía. Me acuerdo del repaso en historia de España que supuso la visita a la casa museo de Antonio Machado, en Segovia.

Me acuerdo de la tristeza porque se acabara una de las series más magníficas que he visto nunca: The Wire. Me acuerdo de las lágrimas después de ver Forrest Gump por primera vez.

Me acuerdo del Oktoberfest, o fiesta de la cerveza, en Zaragoza, en las fiestas del Pilar. Me acuerdo del contraste con el folklore maño, sus trajes típicos, sus jotas, sus leyendas…

Me acuerdo de las conversaciones- entrevistas a mi abuela. Me acuerdo de su amplia sonrisa cuando se da cuenta que aún no se le ha olvidado el bable.

Me acuerdo de la profecía de los mayas. Me acuerdo de la manipulación de los medios de comunicación en este tema y en tantos otros. Me acuerdo (mucho) de Guatemala.

Me acuerdo de todos los sueños que tengo despierta. Me acuerdo que me prometí nunca olvidarlos y luchar por conseguirlos.

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El fin de una era

Ayer me atrapó el anuncio de la publicación Estaré en el paraíso, de Mayte Carrasco. Sin pensármelo mucho, lo compré y lo leí. En unas horas le fui poniendo nombres y apellidos a los que sufren día a día el horror de la guerra en Siria desde hace más de año y medio. Me impresionó la frase de Hussein, uno de los periodistas amateurs que no para de documentar el drama: “Desde hace un tiempo no puedo más. Cierro los ojos y la cámara solo me dan ganas de tirarla al suelo y romperla”.

Mañana será el fin de una era. Finaliza el 13 B’aktun y  comenzará otra época, otro Oxlajuj B’aktun, que durará 5.200 años. Algunos medios se han empeñado en anunciar el fin del mundo, aunque los mayas nunca predijeron tal cosa. Para ellos, es la oportunidad de un cambio importante en la humanidad. Ojalá esta transformación fuera el fin de las guerras. Y que Hussein pudiera recuperar su rutina, la de vender casas, y abandonara para siempre, la cámara.

Me hubiera gustado celebrar este cambio asistiendo a alguna de las ceremonias mayas que habrá en algunas de esas remotas aldeas, donde seguro no estarán ni el presidente, ni ninguna autoridad gubernamental, ni siquiera los turistas, que preferirán las más conocidas Tikal o, incluso, El Mirador.

Como no será posible, desde aquí, miraré las estrellas, cerraré los ojos y me trasladaré a la verde Guatemala. Y brindaré con mi vino favorito por una nueva era. Por una mejor. Una en la que nadie diga: “Hemos visto demasiado”, refiriéndose al horror que miran cada día. Una donde se cuidara la naturaleza, como predican los mayas. Una donde no haya más masacres en escuelas. Una donde no existieran las armas. Donde no hubiera hambre. Ni desnutrición, ni pobreza. Otro mundo, en definitiva.

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Un rayito de luz

Un trozo invisible de este mundo

En esta época de crisis, hay cosas como el teatro, que se convierten en lujos. Hacía mucho que no me permitía un lujo así. Pero me lo permití y no me arrepiento. En esta crisis, hay veces que es necesario que nos obliguen a pensar. A reflexionar. A valorar. Es importante que haya algo que te confunda, te emocione, te haga sentir vivo. Eso también es un lujo hoy en día. Pero, creo que la obra de teatro Un trozo invisible de este mundo, de Juan Diego Botto, consigue todo eso.

Se representan historias verdaderas; algunas han salido en medios de comunicación, pero no suelen ocupar más de dos párrafos y pasan desapercibidas, están condenadas al olvido. A la oscuridad. Al silencio. Son invisibles.

Recuperar, reconstruir y transmitir estas vidas es un rayito de luz, entre tanta niebla, porque nos obliga a enfrentarnos a nuestras peores bajezas como ser humano. Como perteneciente a una especie, que en muchas ocasiones se caracteriza –precisamente- por su inhumanidad. Por eso, hay algunas personas que hubieran preferido nacer perro, como explica el monólogo El privilegio de ser perro.

¿Qué pasa en la mente de algunas personas para que casi maten a un hombre por defender a un perro? Un perro que fue el único que auxilió a su dueño, a su amigo, y que permaneció con él, lamiendo sus heridas. ¿Cómo es posible que un juez considere que no hubo negligencia médica en la muerte de Samba, congoleña, que estaba en un Centro de Internamiento para Extranjeros, y que requirió asistencia médica en más de 10 ocasiones, pero solo la proporcionaban tranquilizantes y una crema para picores? ¿Qué le ha pasado a un hombre que disfruta torturando a otro? ¿Por qué sigue habiendo personas (y muchas) que se siguen enriqueciendo con la desgracia ajena? ¿Cómo se puede vivir en un mundo así?

Es verdad que siempre hay héroes que luchan contra estas injusticias. Porque aunque el diez esté igual de lejos que el dos del infinito, merece la pena, seguir en la pelea. Quizás, algún día, seamos más los que intentemos ir a contracorriente y seamos más perros y menos humanos.

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De vuelta a las protestas

Cuando era pequeña se me hacían muy largos los veranos y acababa siempre deseando volver al cole. Recuerdo que en junio cuando empezaban las vacaciones, me dedicaba a hacer los libros de deberes de Santillana y Anaya. Los realizaba todas las mañanas en la terraza. Me duraban un par de semanas nada más. Hasta que nos íbamos en julio a Fuengirola (Málaga). La mayor parte de las veces íbamos en el coche, en el Peugeot 505, repleto de maletas hasta arriba. Alguna vez, fuimos en tren, en esos que pasabas la noche y transportaba también el coche. Siempre imaginé que encima de nuestro compartimento, estaría ahí nuestro coche. En Málaga pasábamos un mes. Era cuando todavía se podía veranear un mes entero. Luego, volvíamos en agosto a la capital.

Recuerdo que el mes de agosto, sin playa, sin Santillanas, se me hacía largo, muy largo. Intentaban distraernos a mi hermano y a mí llevándonos a montar bici al Retiro, a jugar en los parques o a tomar helados después de cenar. Pero, yo deseaba que volviera el colegio. Siempre me pregunté por qué no estaban mejor repartidas las vacaciones estivales.

El caso es que este año, por primera vez he vuelto a desear que llegara septiembre. El año pasado solo estuve mitad del verano aquí y no se me hizo largo. Y en mi etapa de estudiante aproveché en los últimos años para hacer prácticas, así que casi no me acordaba de lo largo que puede ser agosto.

He deseado que llegara septiembre, por circunstancias personales. Porque estoy deseando volver a hacer prácticas. Así estamos de nuevo. Es lo que toca. No vacaciones. No viajes. No trabajo remunerado. No dinero. No saber qué hacer. Porque sigue la situación yendo de mal a peor. Porque cada vez cuesta más preservar la esperanza de que tiempos mejores vendrán.

Por eso, este otoño se prevé calentito en cuestión de protestas. En apenas dos semanas, desde el 15 de septiembre, ya ha habido tres manifestaciones grandes. La última fue ayer, en la convocatoria de Rodea el Congreso. En un principio se pretendía imitar una de las acciones que se hizo en Islandia, donde después de muchas protestas frente a su Parlamento, se provocó la dimisión del gobierno en pleno. Aquí, sin embargo, derivó en importantes altercados muy violentos. La excusa de que la ciudadanía pretendía dar un golpe de Estado, como decía Cifuentes, es tan rocambolesca, tan fuera de lugar, que da risa. Daría risa, si no hubiera habido un herido grave, con lesión medular incluida.

Yo estuve un rato, apenas dos horas. Creo que durante el tiempo que estuve hubo, por lo menos, una carga policial. La identifiqué porque vimos que la gente corría, aunque aún no sabíamos qué pasaba. El caso es que en ese tiempo, yo vi familias con sus niños, personas mayores, jubilados, y jóvenes, muchos jóvenes, que venían de sus casas, de sus trabajos, de las universidades… que se habían atrevido a salir a la calle, pese al miedo que se inculcaba en los medios, desde las autoridades. “Han dicho en la tele que se prevén atentados”, me dijeron, poco antes de que saliera hacia Neptuno. Pero, la mayor parte de las personas que fueron a las inmediaciones del Congreso, solo querían protestar de forma pacífica. Recuerdo a una mujer, megáfono en mano, junto a su novio o marido, leyendo un manifiesto sobre los motivos de la protesta y las peticiones al gobierno. Recuerdo a una chiquilla un tanto asustada que no podía usar el móvil para localizar a sus amigas y que pedía a los manifestantes que le prestaran uno. Y también, me quedo con la valentía de Alberto Casillas, un camarero que acogió a varios ciudadanos que se refugiaban de la policía. Se enfrentó a la Policía y les espetó: “Aquí no van a entrar porque esto está lleno de gente inocente”, dicen que dijo.

Y es que la Policía con sus actuaciones –muy violentas como las de ayer- con comentarios poco afortunados en redes sociales -“para los de las identificaciones: no las llevan y apoyamos que no las lleven ante organizaciones violentas. Leña y Punto”, como dijo el representante del mayor sindicato de la policía- están logrando parecer más todavía los malos de la película. Supongo que cada vez habrá menos niños que deseen cumplir órdenes de unos políticos que están provocando nuestra ruina. La ruina de todo un país.

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Día Internacional de los Pueblos Indígenas

Nunca me di de baja de periodista y aún hoy, sigo recibiendo algunas notas de prensa del gobierno de Guatemala. La mayoría las borro, pero hay días en los que leo algo. Así es como me enteré de la programación especial del día Nacional e Internacional de los Pueblos Indígenas. Así, me entero que en Guatemala le han introducido el “nacional” también, y que mediante Decreto del Congreso de la República, se recoge esta celebración como muestra de que “Guatemala es un país pluricultural, multilingüe y multiétnico, que se fortalece en la diversidad”. No hace falta estar mucho tiempo en Guatemala para darse cuenta de que no es cierta esta definición del país. No hace falta viajar mucho para darse cuenta del empobrecimiento de los indígenas, ni del racismo que sufren día a día. No hace falta saber mucho para darse cuenta de quién posee Guatemala. Quién, literalmente, la tiene y se enriquece de ella. No hace falta observar mucho para darse cuenta de que esa élite terrateniente, descendiente la mayor parte de españoles, no quiere perder ni un ápice de poder. Por eso, esas palabras del Decreto 24-2006 duelen tanto.

Recuerdo cuando viajé a la región de Kuna Yala, en territorio panameño, cuán distintas eran las cosas para los indígenas kunas. Cómo ellos tenían su Casa del Congreso, su semi-autonomía, y cómo valoraban su propia cultura.

Habían decidido que sus tierras solo las podían explotar ellos mismos, con un amor inusitado a la naturaleza, y así sus islas desiertas se habían convertido en maravillosos centros ecoturísticos sin luz, ni agua corriente, ni demás lujos. Este humilde pueblo se ha mantenido firme, incluso, cuando ha habido importantes sumas de dinero sobre la mesa. Y es que siempre han rechazado todas las ofertas de grandes multinacionales que pretendían convertir estas islas, localizadas en pleno Caribe, en otro Cancún.

De hecho, este pueblo fue el primero indígena que obtuvo derechos sobre su territorio. La historia se remonta a 1925 cuando se produjo la llamada “revolución kuna”, impulsada por el anuncio del gobierno panameño de acabar con las tribus bárbaras del país y llevarlas hacia “la vida civilizada”. Entonces, el portavoz del gobierno recordó que las indias kunas ya no se podrían pintar la nariz, sino que deberían dar color solo a sus mejillas, y que el arete de la nariz, debía ser quitado para ponerse dos, uno en cada oreja. Y que, por supuesto su traje típico, las molas, debía ser sustituido por uno normal: “civilizado”. Fue un 25 de febrero, como nos recuerda Eduardo Galeano en su libro Los hijos de los días, cuando los kunas mataron a los policías que les prohibían llevar a cabo sus costumbres. Y así, hoy las mujeres kunas lucen orgullosas sus avalares típicos y todos los kunas siguen decidiendo sobre su territorio.

Ojalá, algún día Guatemala valore de verdad su mayor riqueza: la diversidad de culturas indígenas, aprenda de ellas y las “empodere”. Mientras siga la situación actual, seguirán gastándose cantidades de dinero estúpido, en crear monumentos que simbolicen el “poder indígena”, como el reloj maya que van a construir en el centro de la capital.

Supongo que hasta que no haya una verdadera “revolución maya”, esto no ocurrirá.

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el Gordo

Cuando el Gordo tenía 8 años pasaba todos los sábados en un jardín botánico de su ciudad natal, en su momento una de las más violentas del planeta, en Medellín, Colombia. Pero no jugaba a la pelota como otros niños. Él iba para observar a un personaje extraño. Un hombre con la cara pintada de blanco, traje y sombrero negros y guantes blancos. El hombre, que llevaba unos zancos, parecía tan alto e irreal que conquistaba la atención de muchos de los niños. La mayoría se conformaba con jugar a meter una moneda en un bote de cristal a cambio de un dulce típico colombiano, llamado cofio. Pero, el Gordo, que no tenía monedas para obtener el dulce, solo soñaba con subirse en unos zancos como los que aquel señor raro, vestido de mimo, llevaba. Así fueron pasando los años, hasta que logró cumplir su sueño. Tenía 18 años.

En su tiempo libre, el Gordo, como sus amigos le llaman, se subía a unos largos zancos y contaba cuentos a los niños. Poco a poco, su hobbie se fue convirtiendo en su trabajo y creó una asociación para alejar a los niños de las malas compañías con el arte de los zancos. Un día llegó a Guatemala y contagió a muchos el amor por los zancos. Esos utensilios que ya aparecen en el libro sagrado de los mayas, en el Popol Vuh, cuando Hunahpú e Ixbalanqué los utilizaron para luchar contra los señores de Xibalbá.

Un día, en Rabinal, todo el municipio participó en una fiesta de zancos con el Gordo en primera fila, sin sus amados zancos, por prescripción médica, pero con la satisfacción del trabajo bien hecho. Ese tipo de trabajo que salva vidas y que saca sonrisas. Gracias a él, muchos niños no están en la calle, expuestos a las redes de delincuencia. En cambio, se encuentran felices, subidos a unos zancos, haciendo soñar a otros muchos. Por una vez, unos minutos tal vez, los habitantes de Rabinal olvidaron sus desgracias. Y sus miedos. Y salieron a las puertas de sus casas, pararon sus quehaceres rutinarios, y miraron a el Gordo y la alegría que traía. Y sonrieron.

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