Diversidades

Cuando no conoces un barrio y empiezas a vivir en él, todo es nuevo. Todo se mira con ojos nuevos. La curiosidad nos invade y analizamos nuestra nueva realidad desde una posición de observación, pero con el firme deseo de ser partícipe de ella. Queremos comprender rápidamente los nuevos códigos para presentarnos e integrarnos a nuestros nuevos vecinos. Pero, este tipo de procesos son largos. Y, quizás, una vez dentro de esa realidad, será difícil seguir manteniendo una mirada analítica que se sorprenda por casi todo. Por eso, conviene aprovechar esta situación y escribir, porque quizás, dentro de un tiempo, ni nos acordemos de lo que nos asombró en un primer momento.

Una de las primeras cosas que más me fascinó al llegar a un barrio del norte de Madrid fue que aunque por la zona casi no hay bares, ni mucho menos discotecas, la vida rezuma por todos sus rincones, especialmente, durante las noches de verano.

La avenida principal peatonal –de repente- en cuanto cae el sol y hasta bien entrada la madrugada, se llena de gente, como si fuera un paseo marítimo, donde estamos felices y relajados. Como si disfrutáramos de unas agradables vacaciones. Como si no quisiéramos dar por finalizada otra jornada, porque significaría que tenemos ya un día menos de verano y estaríamos un día más cerca del invierno.

Así que los bancos del paseo, blancos y solitarios, durante el día, por la noche van siendo ocupados –poco a poco- por familias de todo tipo de nacionalidades que quedan para charlar y para jugar a diferentes juegos. Algunos bancos se quedan pequeños para el grupo de amigos y en vez de ocupar otro, prefieren traer sus taburetes de sus casas y colocarlos alrededor de los bancos, formando pequeños medio círculos en cada uno de ellos. En algunas ocasiones, también llevan neveras portátiles de donde van sacando refrigerios frescos, que comparten.

Son tiempos en los que se está mejor en la calle que en la propia casa. Por eso, es también común, especialmente, entre los vecinos de más edad, permanecer largo tiempo en la terraza para huir del sofocante calor del interior de las viviendas y disfrutar del escaso aire que pueda soplar en estas largas noches de verano. Algunos, simplemente, observan al gentío de la calle como si fuera la película más interesante del momento, incluso, se la narran a sus mujeres o maridos. ¡No sabes lo que ha pasado con ese perro…! Otros permanecen ajenos a este mundo y prefieren escuchar la radio para enterarse de las últimas noticias.

La plaza del barrio

La plaza del barrio

Me gusta observar la gran diversidad de los habitantes de mi nuevo barrio. En este Mundial se ha evidenciado que los colombianos son los más ruidosos y alegres en las celebraciones de sus goles y de sus victorias. Los dominicanos, sin embargo, son los que más tarde se quedan en las calles hablando entre ellos. Son ellos también los que celebran cumpleaños en el parque con globos y comida típica.

También, hay un grupo numeroso de musulmanes. Alrededor de un banco están los hombres, algunos vestidos con túnicas blancas, largas hasta los pies. Cerca, pero a una distancia prudencial, se colocan las mujeres, algunas con velo del tipo “hiyab”, otras sin él. Ambos grupos se quedan hasta altas horas de la madrugada hablando de manera siempre muy apasionada. Suelen estar tan absortos en sus conversaciones que nunca han percibido que alguien, desde la lejanía, les  observa e imagina los temas de los que estarán hablando y que tan interesantes parecen.

Nuestras vecinas son dos familias filipinas, una de ellas, fanática del Atlético de Madrid y también, de Eurovisión. Es lo que tiene que, en las casas de construcción más reciente, las paredes sean tan poco consistentes. También, de esta nacionalidad y de diferentes edades son los que, durante horas y horas, quedan para practicar varios juegos en los bancos del paseo: cartas, ajedrez, dominó, una especie de parchís…

Al final del paseo, casi ya en la plaza, están los africanos. Estos suelen estar de pie, moviéndose, o se sientan en las escaleras del ayuntamiento, en cualquier lugar donde quepa la numerosa tropa. Dentro del grupo grande, se forman otras pequeñas agrupaciones como la de la familia que enseña a su hijo a caminar, mientras los demás animan y observan orgullosos los primeros pasos del pequeño.

Me encanta mirar a los niños. Cómo, de repente, una puerta de un Bankia cualquiera se convierte en una portería. Y cómo narran ellos mismos cada jugada: ¡Paradón de Casillas! O cómo juegan al escondite y la misma puerta del banco encuentra otra utilidad –siempre mucho más divertida que su ocupación por las mañanas, donde solo la frecuentan personas muy serias y preocupadas- y sirve también para que varios niños y niñas se escondan en su umbral.

Mientras los grupos de mayores se suelen dividir por nacionalidades, los niños suelen jugar con todos. Se mezclan. Luego, supongo, buscamos amigos con mayores afinidades y sin casi quererlo, nosotros mismos nos vamos segregando.

Acerca de azaratana

Una habitante más
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Una respuesta a Diversidades

  1. Rafael Martínez Arias de Saavedra dijo:

    Muy bien Ana, me gusta tu crónica. Sigue escribiendo.

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