He vuelto

agendaEl fin de semana empecé y terminé de leer un libro maravilloso: La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Hacía mucho que no devoraba un libro con esa pasión. Aprovechando cada minuto de cada día para seguir leyendo el siguiente párrafo, la siguiente página…

Y también, hacía mucho que no venía por aquí, por mi blog, mi pequeño espacio virtual en esta jungla que es Internet. Menos mal que mi ordenador, tan inteligente, todavía recordaba mi contraseña.

Van a pasar casi dos años desde mi último post. Y de repente, me he dado cuenta que este insignificante espacio es importante para mí. Que lo echaba de menos. Y no lo sabía. Lo he tenido que descubrir cuando Rosa Montero explica lo necesario y exorcizante que es para todos los humanos “narrarnos”. “Para vivir tenemos que narrarnos”, dice. Especialmente, cuando sufrimos.

Y añade:

“Hay que hacer algo con todo eso para que no nos destruya, con ese fragor de desesperación, con el inacabable desperdicio, con la furiosa pena de vivir cuando la vida es cruel. Los humanos nos defendemos del dolor sin sentido adornándolo con la sensatez de la belleza. Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes”.

Y cada uno se narra de forma diferente. Puede ser pintando, haciendo música, bailando, representando obras de teatro, tomando fotografías… Yo la única forma que conozco de “narrarme” es a través de la palabra. De hecho, así fue desde siempre, incluso antes de que supiera que quería dedicarme a contar cosas.

Recuerdo con emoción los diarios de cuando era pequeña, donde ensayaba diferentes letras y firmas o en los que explicaba los enfados con mi familia. Ya de adolescente comencé con la tradición, que aún conservo, de tener una agenda donde cada día apunto lo más destacable. Apunto todo. Hasta lo que como con una obsesión que ralla, a veces, la locura. Apunto las películas que voy viendo, los restaurantes, los bares y lugares que visito, las lecturas que hago, a lo que juego con mi sobrino, las discusiones que tengo… Hasta ahora pensaba que se debía al miedo a perder la memoria en un futuro. Pero no. No es solo eso, supongo.

En la actualidad, sigo manteniendo mi agenda, la del año 2016 es una preciosa agenda azul con ilustraciones de Quino, el creador de Mafalda, pero no tiene el suficiente espacio para narrarme.  Ahora, es mi blog el lugar más importante para este objetivo. Y lo he tenido abandonado demasiado tiempo.

El 2016 ha sido un año muy complicado, un año que hubiera sobrellevado mucho mejor reescribiéndome. Reinventándome. Y es que estoy totalmente de acuerdo con Rosa: “Somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día”. Así es.

Feliz próximo 2017. He vuelto.

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“Y tú, si quisieras hacer una película ¿de qué la harías?”

La pregunta no es si pudieras, sino si quisieras. Y ese matiz es el que define al colectivo Cine Sin Autor. Ellos son los que ponen el equipo técnico y el lugar. Y tú solo necesitas tus propias ganas de crear, participar, aprender, hacer amigos y por qué no, de pasarlo en grande.

A raíz de esta simple cuestión surgió un grupo de gente de muy diversas procedencias e intereses que se junta cada miércoles por la tarde en el Matadero de Madrid con el objetivo de crear la webserie “Mátame si puedes”, difundida a través de youtube.

La filosofía de Cine sin Autor se basa en ofrecer la posibilidad de crear cine de una forma colectiva a toda aquella persona que no esté relacionada de forma profesional con esta industria. Su nombre hace referencia a la negación de la figura del autor, lo que significa que todas las decisiones de guión, rodaje, montaje y distribución se deciden democrática y horizontalmente a través de asambleas abiertas.

Y es que como señala Gerardo Tudurí, uno de los fundadores de este colectivo: “Todas las sesiones son públicas. Siempre se acerca gente que se queda mirando”. Por eso, no extraña a nadie que un miércoles cualquiera entre los integrantes del colectivo aparezcan caras desconocidas, como la de un doctorando de arquitectura brasileño haciendo su tesis sobre la reapropiación de los espacios públicos por parte de la ciudadanía; un hombre de mediana edad, vecino del barrio que se acerca esporádicamente a pasar la tarde y a opinar sobre el proceso creativo; y un amigo de uno de los actores de la serie, mago profesional.

Esta vez tocaba elegir las escenas que saldrán en los próximos capítulos. Gerardo ha impreso una imagen de cada escena, así que hay alrededor de 30 fotografías colocadas sobre una amplia mesa de madera alargada. También está Eva Fernández, otra de las fundadoras de Cine sin Autor, junto con unos 10 participantes más, que mientras eligen –entre risas- empiezan a recordar algunas anécdotas de los rodajes.

Entre todos los integrantes, se encuentra El Coronel, uno de los personajes más malvados de la serie, quien en su vídeo presentación nos comparte los miedos que está superando gracias a esta experiencia: “Cuando me ofrecieron la posibilidad de hacer una peli, me pareció una chifladura. Yo soy una persona muy tímida y esto me está ayudando a superarlo. Antes lo pasaba fatal cuando me ponía delante de una cámara. Me está ayudando mucho, estoy conociendo a mucha gente, estoy haciendo buenos amigos aquí”.

“Lo mejor es disfrutar con todo el mundo y empatizar”, corrobora Alejandro, otro de los actores.

El proceso de elección queda interrumpido cuando el grupo se muda de sala, a raíz de algunas quejas por el ruido, es entonces cuando Eva Fernández lanza una propuesta: “Somos un grupo que hace y hace y hace, pero a mí me gustaría que nos pusiéramos como meta repensarnos como colectividad para acordar entre todos qué objetivos tenemos, quiénes somos, qué podemos ofrecer a la ciudadanía… ¿qué opináis?”. Durante unos minutos, se debate sobre el tema.

Pero en seguida vuelven a repensar su webserie. No hace falta ver muchos capítulos para percatarse de que un humor surrealista invade la trama y que, como ellos mismos la definen, es toda “una comedia armamentística”. A la hora de crear “no hay ningún miedo y eso es un gustazo”, señala otro compañero. Aunque esto, en ocasiones, les cree conflictos narrativos: ¿Qué es más importante que se cumpla la trama preconcebida o el delirante humor que la caracteriza?

No es que dé igual, pero no es lo más importante, desde luego. Lo realmente relevante, quizás, sean otras cosas. Como por ejemplo, la posibilidad de aprender a hacer cine, haciéndolo; la posibilidad de hacerlo en una forma alternativa, en la que todo el mundo independientemente de su formación pueda aportar; o todo lo que implica y provoca este proceso creativo/colectivo en la propia transformación personal de cada participante.

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Diversidades

Cuando no conoces un barrio y empiezas a vivir en él, todo es nuevo. Todo se mira con ojos nuevos. La curiosidad nos invade y analizamos nuestra nueva realidad desde una posición de observación, pero con el firme deseo de ser partícipe de ella. Queremos comprender rápidamente los nuevos códigos para presentarnos e integrarnos a nuestros nuevos vecinos. Pero, este tipo de procesos son largos. Y, quizás, una vez dentro de esa realidad, será difícil seguir manteniendo una mirada analítica que se sorprenda por casi todo. Por eso, conviene aprovechar esta situación y escribir, porque quizás, dentro de un tiempo, ni nos acordemos de lo que nos asombró en un primer momento.

Una de las primeras cosas que más me fascinó al llegar a un barrio del norte de Madrid fue que aunque por la zona casi no hay bares, ni mucho menos discotecas, la vida rezuma por todos sus rincones, especialmente, durante las noches de verano.

La avenida principal peatonal –de repente- en cuanto cae el sol y hasta bien entrada la madrugada, se llena de gente, como si fuera un paseo marítimo, donde estamos felices y relajados. Como si disfrutáramos de unas agradables vacaciones. Como si no quisiéramos dar por finalizada otra jornada, porque significaría que tenemos ya un día menos de verano y estaríamos un día más cerca del invierno.

Así que los bancos del paseo, blancos y solitarios, durante el día, por la noche van siendo ocupados –poco a poco- por familias de todo tipo de nacionalidades que quedan para charlar y para jugar a diferentes juegos. Algunos bancos se quedan pequeños para el grupo de amigos y en vez de ocupar otro, prefieren traer sus taburetes de sus casas y colocarlos alrededor de los bancos, formando pequeños medio círculos en cada uno de ellos. En algunas ocasiones, también llevan neveras portátiles de donde van sacando refrigerios frescos, que comparten.

Son tiempos en los que se está mejor en la calle que en la propia casa. Por eso, es también común, especialmente, entre los vecinos de más edad, permanecer largo tiempo en la terraza para huir del sofocante calor del interior de las viviendas y disfrutar del escaso aire que pueda soplar en estas largas noches de verano. Algunos, simplemente, observan al gentío de la calle como si fuera la película más interesante del momento, incluso, se la narran a sus mujeres o maridos. ¡No sabes lo que ha pasado con ese perro…! Otros permanecen ajenos a este mundo y prefieren escuchar la radio para enterarse de las últimas noticias.

La plaza del barrio

La plaza del barrio

Me gusta observar la gran diversidad de los habitantes de mi nuevo barrio. En este Mundial se ha evidenciado que los colombianos son los más ruidosos y alegres en las celebraciones de sus goles y de sus victorias. Los dominicanos, sin embargo, son los que más tarde se quedan en las calles hablando entre ellos. Son ellos también los que celebran cumpleaños en el parque con globos y comida típica.

También, hay un grupo numeroso de musulmanes. Alrededor de un banco están los hombres, algunos vestidos con túnicas blancas, largas hasta los pies. Cerca, pero a una distancia prudencial, se colocan las mujeres, algunas con velo del tipo “hiyab”, otras sin él. Ambos grupos se quedan hasta altas horas de la madrugada hablando de manera siempre muy apasionada. Suelen estar tan absortos en sus conversaciones que nunca han percibido que alguien, desde la lejanía, les  observa e imagina los temas de los que estarán hablando y que tan interesantes parecen.

Nuestras vecinas son dos familias filipinas, una de ellas, fanática del Atlético de Madrid y también, de Eurovisión. Es lo que tiene que, en las casas de construcción más reciente, las paredes sean tan poco consistentes. También, de esta nacionalidad y de diferentes edades son los que, durante horas y horas, quedan para practicar varios juegos en los bancos del paseo: cartas, ajedrez, dominó, una especie de parchís…

Al final del paseo, casi ya en la plaza, están los africanos. Estos suelen estar de pie, moviéndose, o se sientan en las escaleras del ayuntamiento, en cualquier lugar donde quepa la numerosa tropa. Dentro del grupo grande, se forman otras pequeñas agrupaciones como la de la familia que enseña a su hijo a caminar, mientras los demás animan y observan orgullosos los primeros pasos del pequeño.

Me encanta mirar a los niños. Cómo, de repente, una puerta de un Bankia cualquiera se convierte en una portería. Y cómo narran ellos mismos cada jugada: ¡Paradón de Casillas! O cómo juegan al escondite y la misma puerta del banco encuentra otra utilidad –siempre mucho más divertida que su ocupación por las mañanas, donde solo la frecuentan personas muy serias y preocupadas- y sirve también para que varios niños y niñas se escondan en su umbral.

Mientras los grupos de mayores se suelen dividir por nacionalidades, los niños suelen jugar con todos. Se mezclan. Luego, supongo, buscamos amigos con mayores afinidades y sin casi quererlo, nosotros mismos nos vamos segregando.

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Un congreso, no cualquiera

Cuando logras superar todos tus pánicos, cuando no te quedas en blanco en medio de una exposición y cuando te atreves a intentar transmitir lo mejor posible una pequeña investigación, al final, es inevitable no sentir satisfacción. Pero la satisfacción es mayor cuando empiezas a comprender en qué tipo de congreso participas.

Hace casi un año, cuando me animaron a presentarme con la valoración que hice sobre el proyecto “Pon en Marcha tus ideas” no imaginaba, para nada, cómo era el Congreso Internacional Multidisplinar de Investigación Educativa (Cimie). Un nombre que, a priori, puede asustar, pero cuando conoces a los responsables, te das cuenta que es un primer intento por que la horizontalidad también llegue al mundo académico.

Por fin, hay un congreso que no está dirigido hacia esa élite académica de importantes doctores y prestigiosos investigadores. Por fin, los estudiantes somos los protagonistas. Por fin, un congreso no cuesta más de 200 euros y no hay que vestirse elegante para ninguna cena. Aquí las cenas son en vaqueros en cualquier bar- restaurante de la zona. Y no pasa nada si expones tu tema con los pies empapados por un chaparrón improvisado, que nadie esperaba, o con unos coloridos pantalones cortos. Aquí, los congresos se organizan mediante asambleas abiertas a las que puede acceder cualquiera. Aquí las cuentas económicas del congreso y de la asociación AMIE se comparten. Son transparentes.

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Cada año, los organizadores cambian para que haya movimiento, para que se vaya generando una importante red de educadores, investigadores, estudiantes, agentes sociales, en general, que están creyendo y en consecuencia, creando otro tipo de educación. Menos tradicional y más participativa. Menos competitiva y más solidaria. Menos predecible y más diversa e inclusiva. Con menos discursos aprendidos de memoria y más conversaciones. Con personas menos obedientes y más rebeldes y curiosas.

Gran trabajo el de todos los implicados en la organización del #CIMIE14. Nos vemos en Valencia.

 

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El Mini Cine Tupy

José Luiz Zagati está sorprendido de que su propia historia provoque tanta curiosidad y admiración entre los que la van conociendo. No entiende por qué le han dedicado tres documentales e innumerables reportajes. No sabe que hoy en día no es tan fácil convertir tu sueño en realidad. Más todavía si provienes de una favela de Sao Paulo con un sueño que parece tan inalcanzable. Pero, él lo consiguió. Y sin quererlo, se ha convertido en un referente para todos los que luchan por sus sueños.

Todo empezó cuando él tenía cinco años y su hermana le llevó por primera vez a ver una película de vaqueros. Fue entonces cuando se enamoró del séptimo arte. Y ya nunca pudo olvidar todas las sensaciones que sintió en ese momento: el ruido del proyector, el foco de luz que salía de él, las caras absortas en la película, la pantalla… Lo recuerda, asegura, “como si fuera ayer”. Pensó que era lo mejor que le había pasado en su vida.  “El cine para mí es magia”, dice muy emocionado, en uno de los documentales que han grabado contando su historia.

A pesar de que Zagati, por pertenecer a una familia de agricultores muy humildes, no podía ir con regularidad al cine, nunca olvidó estas sensaciones.

Para apoyar a su familia, tuvo que abandonar los estudios pronto, en tercero de primaria, y pluriemplearse en varios trabajos. Aun así, seguía siendo un niño y sus ratos libres los dedicaba a su pasión. Recortaba dibujos en revistas y cómics que luego pegaba en un tablero e intentaba crear películas. “Para mí, eso era como ver cine”, señala. También, a la edad de 11 años construyó un proyector casero con materiales encontrados en la basura: con un cajón, lentes de unas gafas, una lámpara y un asa de alambre. Fue su juguete favorito.

Incluso, a veces, cuando ahorraba lo suficiente se ponía sus mejores galas y se iba a ver alguna película, daba igual cuál, al Cine Tupy, uno de los pocos que existían por su zona y que con la crisis del cine acabó siendo cerrado.

A los años, Zagati se casó, tuvo nueve hijos y fue encadenando diferentes oficios: montador de neumáticos, limpiabotas, albañil… Pero a principios de los años 90, por primera vez quedó desempleado, así que buscando una nueva forma de sustento para su familia se le ocurrió empezar a recoger basura. Aunque a Zagati no le gusta llamarla así: “Lo que yo recojo no es basura. Basura es aquello que ya no sirve”.  Y es que siempre encontraba cosas para arreglar y reciclar.

Entre la chatarra hallada, también recogía trozos de películas, carteles de películas… Su pasión, su sueño, volvió a resurgir. Esta vez más fuerte que nunca. En cuanto ahorró unos 80 reales se compró un proyector.

Un día, sin avisar a nadie, decidió proyectar en la fachada de una casa, en la calle, los trozos de películas que había descubierto entre los desechos de la ciudad. Más de 50 personas se quedaron con él viendo esos fragmentos de diferentes películas y disfrutaron como si estuvieran viendo el mejor filme del mundo. Para la mayoría era su primera experiencia en pantalla grande, recuerda Zagati.

Por eso, no dudó en buscar soluciones para llevar películas completas a sus vecinos y compartir su pasión con ellos. Ni corto ni perezoso inició un peregrinaje por Sao Paulo con el propósito de que alguien le prestara películas en 16 milímetros. No paró hasta que consiguió un acuerdo con la Asociación de Coleccionistas de Películas en 16 mm.

Los domingos por la noche fue el momento escogido. Zagati se ponía detrás del proyector y se iniciaba el mejor momento de su larga semana. Elegía películas siempre para todos los públicos, teniendo en cuenta que llegaban personas de todas las edades.

Como era una actividad que se hacía en la calle cuando llovía no se podía llevar a cabo, así que decidió habilitar un lugar en su sencilla casa para ver las películas. Por fin, puso nombre a la sala: Mini Cine Tupy, en homenaje al cine al que iba de joven, ya clausurado.

José Luiz Zagati

José Luiz Zagati

Sin embargo, aún existían problemas. Las colas para entrar eran grandes y en cada sesión se quedaba gente fuera sin poder disfrutar del cine, ya que tan solo cabían 16 personas. Otra vez, Zagati apostó por su sueño y puso en venta su casa para construir otra con un garaje con capacidad para 50 personas.

En su humilde casa, ubicada en la periferia de la favela Toboão da Serra, en Sao Paulo, en la fachada pintada de azul claro, hay un pequeño cartel que la diferencia del resto. En letras negras y rojas sobre el dibujo de un rollo de película está escrito: Mini Cine Tupy.

Allí todos los domingos se arremolina gente muy variopinta, de todas las edades: pequeños y grandes, emocionados por poder disfrutar de forma gratuita de una hermosa película y de todo su ritual, ya que Zagati también proporciona palomitas.

Y como si fuera el Alfredo de la película italiana Cinema Paradiso, es feliz llevando el séptimo arte a todos sus vecinos. Como Afredo, también sabe que la clave de su éxito ha estado en hacer lo que amas, porque lo que mueve todo es el amor.

El siguiente día, el lunes, comienza la semana lleno de energías. Coge su carrito rojo y recorre la ciudad en busca de esos tesoros que alguna persona desechó y que tanto le pueden servir a él y a su cine. “Muchas personas se burlan de mí porque todavía trabajo en esto, pero gracias a este trabajo pude crear el Mini Cine Tupy”, reflexiona.

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Querido Baco,

_MG_8590 Sé que no solo me oyes, sino que también, me escuchas, y que me entiendes, incluso, a veces, sin necesidad de hablar. Sé que tienes esa facultad especial para empatizar con los seres humanos, quizás mucho más desarrollada que aquellos de mi misma especie. Tú sabes si estoy triste o contenta con solo mirarme. Tú sabes si necesito tus cariños o si es mejor que permanezcas un rato apartado en tu cama, durmiendo, descansando o destrozándola. Tú, que no me quitas ojo en el parque, porque seguramente sepas que me da miedo que te escapes. Aunque sé que es un temor absurdo, que tú nunca lo harías. Quizás tú también tengas miedo de que te vuelva a pasar. De que te vuelvan a abandonar.

Debió ser muy duro permanecer semanas encerrado en un local, sin comida, sin luz, a oscuras. No puedo ni imaginar qué pensarías entonces. Supongo que esa vez si que no entenderías absolutamente nada. Cuesta entender que alguien con el que viviste unos cinco años pudiera abandonarte así. No son entendibles ninguna de sus posibles razones. No sé si lo llegaste a intuir pero pudiste haber muerto. Cuando te encontramos estabas escuálido y con una ansiedad desmedida. Aún no sabíamos qué hacer contigo… pero supongo, que ya sabías que tus anteriores dueños no eran buenos, que no te quisieron y supiste que era mejor estar con cualquier otro dueño, así que usaste muy bien tus artimañas de seducción. Y funcionaron. Simplemente, nos conquistaste.

Aún recuerdo cómo te acostumbraste a tu nuevo hogar. Y a tu nuevo nombre. Las tertulias pensándolo. Espero que te haya gustado y que hayas tenido en cuenta que tu nueva casa era un piso de estudiantes, ya sin estudiar, pero donde aún estaba muy presente el Dios Baco. Te costó poco habituarte a las reuniones, a estar rodeado de gente, incluso, aprendiste a celebrar los goles de los equipo de la casa. Estabas como un rey. Pero, Baco, todas las etapas se acaban.

Si hay algo que admiro de ti es cómo te acostumbras a los cambios. No te pierdes como muchas personas en los por qué o en los lamentos. Te concentras en lo siguiente, porque sabes que no hay opción. Te estás convirtiendo en un experto. Ya llevas unas cuantas mudanzas. Aunque eso no quiere decir que no tengas miedo. Todos lo sentimos, Baco. Nosotros también, tú lo sabes –y lo percibes- bien.

Nos ha tocado vivir una época donde reina la incertidumbre. Donde tenemos que estar preparados para el inminente cambio continuamente. Solo puedo decirte que esta casa será un tiempo tu casa. ¿Y luego? Pues no lo sabemos, Baco. Tu otro dueño sigue en Alemania intentando ganarse la vida para poder llevarte contigo y haceros compañía mutuamente… ni siquiera sabemos si podremos quedarnos aquí mucho tiempo, ya ves. Así que esta vez, amigo, nosotros tendremos que aprender de ti y concentrarnos en disfrutar del presente, sin pensar en el pasado, ni en el futuro. Y correr y correr, como haces tú. Sin nunca parar. Agradecido. Feliz. Con la seguridad asumida de que cualquier tiempo que venga será siempre mejor.

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Escaleras de Selarón

escaleras de Selarón

Si hubiéramos llegado hace unos meses a Río nuestra visita a la escalera Selarón hubiera sido totalmente diferente. Probablemente hubiéramos podido conocer a su autor, el chileno Jorge Selarón, de profesión ceramista. Cuentan que Selarón, que vivía en una de las casitas aledañas a la escalera, siempre estaba allí platicando con los turistas y los visitantes. Probablemente, nos hubiera contado cómo inició su trabajo de decoración de los 215 peldaños con coloridos azulejos de más de 60 países diferentes. Quizás, incluso, hubiéramos podido comprar alguno de sus cuadros. Quizás, alguno de esos de una mujer embarazada que tanto hacía y que representaba un problema personal, según decía.

Ahora, sin embargo, solo nos queda remitirnos a los periódicos, a las revistas o blogs que nos hablan de él, de su vida – incluido su dramático desenlace- y de su magnífica obra.

Por los medios, sabemos que se instaló en Río en la década de los 80, después de estar recorriendo más de 50 países. Con motivo de la victoria de Brasil en el Mundial de Futbol de 1994 y por su gratitud al país carioca decidió homenajear a sus gentes iniciando la decoración de esta escalera que une los barrios de Lapa y de Santa Teresa. Para ello, utilizó azulejos principalmente de los colores de la bandera de Brasil, azul, verde y amarillo. Algunos eran hechos por él, otros comprados en sus innumerables viajes.

Poco a poco la obra espontánea fue adquiriendo protagonismo. Y ya era la gente la que le proporcionaba azulejos de todo el mundo. Él los cambiaba con regularidad: “Inventé una fantástica técnica inédita, consistente en cambiar constantemente los azulejos. Esto le dio una energía única, una obra de arte viva y mutante”, con más de 2.000 azulejos diferentes.

Tan icónica fue, y es, esta escalera que en 2005 el gobierno de Río la declaró “Monumento Histórico” y Selarón recibió el título de “ciudadano honorario”.

Y es que Selarón convirtió una escalera insulsa, fea y gris en una zona un tanto peligrosa en un punto turístico importante que en la actualidad, recibe al día más de 500 visitas.

Cuando nos pusimos a buscarla el sol ya había caído y no nos atrevimos a seguir la búsqueda, porque no nos gustó el ambiente de la zona. Luego, nos contaron que se está convirtiendo en una zona de venta y consumo de drogas y que no es recomendable su visita por la noche.

Al día siguiente, sin embargo, aparecieron de repente cuando nos dirigíamos hacia el barrio de Santa Teresa. Por eso, empezamos el recorrido desde arriba. Y nos fuimos sorprendiendo más y más, según bajábamos los peldaños y mirábamos hacia arriba. Acabamos en la frase de Selarón “Brasil, eu te amo” en donde todo el mundo quiere hacerse fotos. Realmente, es un lugar que contagia alegría y buen rollo… todo ello a pesar de que al inicio del año, en ellas apareció muerto por quemaduras Selaron, con 65 años.

Aún se duda sobre si fue un suicidio o un homicidio. Sus amigos más cercanos dicen que estaba profundamente deprimido desde que en noviembre de 2012 un colaborador de su taller  le empezó a amenazar con matarlo si no le pagaba más por la venta de sus cuadros. A raíz de esta historia Selarón se recluyó en su casa, dejó de atender a los turistas y adelgazó más de 10 kilos. Y el 10 de enero de 2013 aparecía muerto: quemado. Estaba a los pies de las escaleras que él había decorado  junto a un tarro de disolvente. Parece que sigue siendo un misterio lo que pasó…

Selarón

Lo que nos consta con mucha certeza es que, aunque se echará de menos  su presencia física, su espíritu siempre estará presente en estas escaleras. Y que a pesar de su trágico final, cumplió uno de sus deseos más repetidos: “Solo acabaré este sueño loco e inédito en el último día de mi vida”. Así fue.

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